El secuestro de Pedro Bequen
Capítulo 1
27 de julio de 1976
Me
levanté a las siete y media y me pegué una ducha como lo hago todos los días. A
las ocho y media salí de casa para ir al trabajo, llegué a la cochera para
sacar mi auto y saludé a Martín, más conocido como “Tincho”. Todos los días le
llevo facturas y nos tomamos unos mates dulces.
A
las siete de la noche llegué a la cochera a guardar el auto, pero al salir unos
tipos me detuvieron diciéndome que eran policías, después me hicieron subir a
un auto con vidrios polarizados. Más tarde llegamos a un lugar oscuro, que yo
no conocía, donde empecé a hablar con uno de los hombres.
—Hola,
mi nombre es Mario, ¿sabes dónde estás y qué paso?
—
Hola mi nombre es Pedro, no sé dónde estoy y no sé qué pasó— respondí
tartamudeando.
—
Mirá, vos sabés muy bien qué pasó, así que no te hagas el tarado— dijo Mario
—
Pero no hice nada, no sé de qué me acusan—respondí.
—
Vos mataste a Milán, el extranjero inglés— dijo él.
—
No lo maté y no lo conozco.
En
ese momento Mario me agarra y me pega en la cabeza y me grita:
—
¡Voy a matar a tu mamá!
A
las ocho de la noche me levanté y otro de los tipos me trajo un plato de arroz
blanco, con un vaso de agua. El arroz estaba pastoso y verde, parecía que tenía
hongos y no lo comí, solo me tomé el agua. Después vinieron y me dijeron que le
escriba una carta a mi familia, la carta decía:
Familia:
Estoy bien esperen las instrucciones que les van a pasar.
Saludos. Pedro.
Luego
me mostraron un video y me preguntaron:
—
¿La conocés?
—
Sí, es mi mamá— le contesté.
El
video era de mi mamá siendo apuntada en la cabeza y después se veía que le pegaban
un tiro.
—
¿Te gustó el video? — dijo él.
—
Sos un HDP, ¿cómo vas a matar a mi mamá? — contesté gritándole.
—
Cállate a mí no me insultás-dijo Mario pegándome una patada en la panza.
Capítulo 2
28 de julio de 1976
A las cinco y cuarenta de la mañana vienen, me
agarran entre tres y me meten en un auto que no era con el que trajeron, no
llegué a ver la marca, solo vi que era azul.
—
¡¡¡Necesito libertad!!!— grité muy fuerte.
—
Calláte— dijo Manuel otro de los hombres.
Me
dieron una pastilla y me pegaron en la cara y en la cabeza.
A
las diez llegamos a un lugar muy descampado donde se veía que al fondo había
una casa muy grande.
—
Tenés que cruzar todo este campo en un minuto o sino morís— dijo Mario.
Entonces
yo empecé a correr y llegué a la casa en menos de un minuto.
—
Muy bien, pasaste la prueba— dijo Manuel.
Entramos
a la casa y me encerraron en un cuarto oscuro y de ahí no recuerdo nada de lo
que pasó.
Capítulo 3
4 de agosto de 1976
Hoy
se cumple una semana desde que estoy secuestrado, no me dan de comer, solo me
dan un vaso de agua por semana, tengo mucha hambre, necesito estar libre, no
quiero ver cómo muere mi familia, quiero salir.
A
las cinco de la tarde vino Luis y me dijo:
—
Tomá, marca el número de tu papá y decíme el nombre.
Marqué,
le dije el nombre y después empezó una conversación:
—
Hola Samuel, mirá tu hijo está bien, tenés que seguir la instrucciones que
dejamos en un bar de la avenida Belgrano a
tres cuadras de la 9 de Julio — dijo
Luis.
—
Voy a seguir todas las instrucciones, pero ¿cómo voy a saber que mi hijo está
bien si no tengo una señal de vida? — dijo Samuel.
—
Su hijo está bien, siga las instrucciones y va a salir todo bien.
—
Dejáme escuchar la voz por lo menos.
—
No se puede.
En
ese momento le cortó.
Capítulo 4
5 de agosto de 1976
Alrededor
de las nueve llegó Samuel para buscar las instrucciones, para entrar al baño
tuvo que consumir un vaso de soda porque el baño era exclusivo para clientes.
Entró y encontró un sobre que tenía una nota:
Señor Samuel:
Para el
rescate de su hijo se va a tener que pagar cinco millones, que se van a dividir
en pesos argentino, en dólares, en reales y en euros. Estos pagos se van a
realizar en distintos lugares y por partes. En doce horas tiene que juntar un
millón de pesos y dejarlos atrás del inodoro del bar. Si no lo hace a su hijo
se lo va a torturar.
Atte. Anónimo.
En
ese momento Samuel llamó a su familia para avisarle.
A
las diez llegó a su empresa para buscar cincuenta mil pesos de una cuenta que
tenía. Después se fue a la casa, cuando llegó los hijos habían juntado treinta
mil pesos. A las cinco de la tarde Samuel recibe una llamada de uno de los
secuestradores diciéndole:
—
¿Ya juntaste la plata?, mira que te quedan cuatro horas— dijo Manuel, otro de
los secuestradores.
—
Sí, me faltan veinte mil pesos— contestó Samuel.
—
Bueno pero acordáte que si no lo juntás, esto puede terminar en tragedia. Ahora
vas a hablar con tu hijo.
—
Papá estoy bien, hacé todo lo que te digan— dijo Pedro.
—
Hijo me alegro de escucharte, voy a hacer todo lo posible.
En
ese momento cortaron. Diez minutos más tarde sonó el teléfono y era un amigo de
la familia avisándoles que tenía los veinte mil pesos.
A
la ocho Mario me trajo un plato de fideos con un vaso de agua, solo tomé el
vaso porque no tenía hambre.
A
las ocho y veinte Samuel recibió un mensaje que a las nueve menos diez tenía
que dejar el dinero e irse rápido, porque si no podía terminar mal. Llegó cinco
minutos antes, se sentó en una de las mesas y pidió una soda para que pase el
tiempo. Después dejo el dinero y se fue.
A
eso de las diez de la noche recibió un llamado de Juan, otro de los
secuestradores, diciéndole:
—
Mirá cumpliste la primera parte, ahora te voy a dejar que hables un rato con tu
hijo, pero no hablen mucho.
—
Papá ¿cómo están todos? Yo estoy bien, por favor hace todo lo que te digan para
que sea más rápido.
—
Nosotros estamos bien, estoy haciendo todo lo posible, cuídate— dijo Samuel.
—
Bueno, ya no podemos seguir hablando, te va a hablar Mario.
—
Después te voy a avisar cuándo va a ser el otro pago.
Ahí
se cortó la llamada. Después me fui a dormir.
Capítulo 5
6 de agosto de 1976
Me
levantaron a las cinco de la mañana y me llevaron a un auto de color blanco,
que no era con el que me habían traído.
A
las seis y media llegamos a un aeropuerto, donde yo pregunté:
—
¿Hacia dónde vamos?
—
Nos vamos a Europa— respondió Manuel.
—
¿Qué parte de Europa?
—
Francia.
—
¿Por qué vamos a Francia? ¿Para qué vamos?
—
Calláte y no preguntes más y espera que lleguemos para que te enteres— me dijo.
Llegamos
al aeropuerto, bajamos del avión y me subieron a un auto de color negro con los
vidrios polarizados. Íbamos por una ruta cerca de un pueblo, hasta que de la
nada empezamos a ir por el medio del bosque, recorrimos media hora, después
llegamos a una cabaña alejada de todo el mundo.
Entramos
y me encerraron en el sótano.
A
las ocho vino Luis y me trajo un bife con papas con un vaso de agua, la carne y
las papas estaban quemadas, pero lo comí porque tenía hambre.
A
las diez me fui a dormir.
Capítulo 6
7 de agosto de 1976
Diez
y media de la mañana, Samuel recibió una carta de Juan, diciéndole:
Sr. Samuel: Las
instrucciones para el segundo pago se encuentran en un frasco atrás del
contenedor que está ubicado en la calle Gallo y Valentín Gómez.
A
las doce del mediodía Samuel llegó a su casa y leyó la carta que decía:
Samuel:
Vas a
tener que juntar en cinco horas cincuenta mil reales brasileros y dejar en un
sobre papel madera dentro de una bolsa en el segundo piso sector D del
estacionamiento que está a una cuadra de donde recogiste este papel. Si no
cumplen ya saben lo que puede pasar.
Desesperado,
llamó a tres bancos donde tenía sus cuentas para decirle que todo lo que tenía
en su cuenta lo pasen a reales brasileros, pero no fue suficiente porque solo
tenía quince mil reales, en ese momento entró en una desesperación extrema.
Eran
las cuatro de la tarde, recién había juntado veinticinco mil reales y en ese
momento suena el teléfono:
—
¿Juntaste la plata? acordáte de tu hijo.
—
Todavía me falta la mitad— dijo él.
—
Apúrate porque tenés hasta las cuatro y cincuenta para juntar.
En
ese momento la voz corto y él se desesperó, empezó a llamar a sus otros hijos
para que lo ayuden, pero no pudieron hacer nada.
Cuatro
y media recibió un llamado diciéndole:
—
¿Juntaste?
—
No— contestó.
— Llevá lo que tenés, pero le vamos a hacer
algo a su hijo y si no conseguís la otra mitad para mañana a la cinco de la
tarde le vamos a hacer algo a algún familiar suyo.
—
No, por favor, no le hagan nada a mi hijo les juro que voy a juntar la plata.
Le
cortaron sin decirle nada. Entonces se fue a dejar la plata.
A
las nueve y cuarenta de la noche vino Mario con un cuchillo y me dijo:
—
Tu papá se hizo el boludo y no pudo juntar toda la plata, así que te vamos a
cortar un dedo.
—
¿Pero no pueden esperar hasta mañana? ¡Por favor! — dije temblando.
—
No, porque le dimos un tiempo y no lo cumplió, pero igual le dimos otra oportunidad
para juntar la otra parte para mañana. Si no lo consigue vamos a hacer que tu
hermano Felipe sufra un accidente y que vos estés incomunicado por un mes de tu
familia.
—
Por favor, esperen hasta mañana y no le hagan nada a mi hermano— supliqué.
—
No, un trato es un trato.
En
ese momento Luis me agarró la mano y me la ató a la mesa, Mientras Mario me sacó
el dedo, lo puso en una caja y se lo envió a mi papá. A mí no me curaron, yo agarré
un pedazo de papel de diario que encontré en el piso y me envolví la mano para
parar la sangre, me calmó pero no mucho. Me levanté y vi un mueble, abrí y
encontré una caja con gasas y agua oxigenada, me desinfecté y me acosté como
pude. Pero antes de acostarme pensé en qué iba a hacer. ¿Pedía que me maten o seguía
sufriendo todo esto?, estuve tres horas pensando, hasta que decidí seguir
viviendo, me fui a dormir sin tranquilidad porque pensaba qué le iba a pasar a
mi hermano.
Capítulo 7
8 de agosto de 1976
Me
levanté y me dieron un café frio con dos medialunas que eran una piedra, solo
tomé el café. Después me fui a bañar, era la primera vez que me iba a
higienizar desde el secuestro.
Más
tarde Samuel recibió un llamado de una voz, preguntándole:
—
¿Juntó la plata?
—
No, recién tengo diez mil reales.
—
Bueno, si los llega a juntar los va a dejar en el bar del primer pago. Sino su
hijo Felipe va a sufrir un accidente y usted no va a poder hablar por un mes
con Pedro…
—
Está bien, voy a juntar la plata, pero no le haga nada a Felipe, si quiere
máteme a mí.
—
Ya está decidido, hasta luego, la plata quiero que la deje a las tres en punto.
A
las doce del mediodía Luis me dijo que mi padre había sido avisado de todo, si
no cumplía ya sabía qué va a pasar.
A
las dos y media un amigo llega a su casa y le dice:
—
Te conseguí los quince mil reales.
—
Gracias, acabás de salvar a mi hijo.
En
ese momento salió corriendo para dejar el pago, faltando tres minutos llegó,
pidió una soda, entró y dejó el sobre y salió corriendo.
Después
recibió una caja diciéndole que salvó a su hijo Felipe y en la caja estaba el
dedo de Pedro, no podía creer que le hayan cortado el dedo.
Entonces
de la bronca que tenía les escribió una carta:
Secuestradores:
¿Es necesario cortarle el de dedo a mi hijo y mandármelo en una caja? Ustedes
son unos HDP porque con esos veinticinco mil reales no les alcanzaba, podían
haber esperar hasta hoy y sino juntaba la plata hoy se lo cortaban, pero no
antes boludos ¡¡¡ENFERMOS DE MIERDA!!!
¡¡¡ASESINOOOS!!!
Atte. Samuel.
A
las once de la noche viene Luis y me dice:
—
Así que tu papá nos está insultando ¿no?
—
No se dé que me estás hablando— dije asustado.
—
Leé— dijo dándome la carta.
En
ese momento leí la carta y él me dijo:
—
¿Y viste que nos está insultando?
—
Sí, pero es que seguro que estaba enojado— contesté asustado.
—
Ahora por esto, mañana nos vamos a Japón y cuando llegamos vas a estar un mes
sin comer, te vamos a dar medio vaso de agua por semana y no vas a poder
comunicarte con tu familia por ningún medio—.
—
¡No!, por favor— grité.
Se
fue y me pegó muy fuerte en la cara.
Capítulo 8
9 de agosto de 1976
A
las diez de la mañana a Samuel le llegó un sobre que contenía un video, el
video era de su hijo cuando le cortaban el dedo. Se puso muy mal.
Once
de la mañana. Me levantaron y me llevaron a un helicóptero. Después llegamos a
un lugar donde había un avión.
A
las nueve Samuel recibió una carta:
Sr. Samuel:
Las próximas
instrucciones se encuentran Tomás Edison y Vértiz en Mar del Plata,
detrás de un árbol a dentro de una lata de cerveza.
En
ese momento llamó a su hija que estaba en Mar del Plata para decirle que vaya
rápido a buscar el papel.
Alrededor
de las cuatro él recibió un e-mail de
la hija con las instrucciones que decía:
Papá:
Tiene que
depositar un millón de dólares y cincuenta mil euros. El millón lo va a depositar
en una cuenta del Banco Ciudad y los cincuenta mil en el Banco Piano,
las cuentas se las mandamos por privado. Tiene siete horas para depositarlos y
si no lo hace su hijo recibirá un castigo peor.
Se
puso a llamar a todos sus familiares para que lo ayuden, después de la bronca
que tenía le pegó una piña al vidrio y lo rompió hasta que se desangró.
Después
su mujer lo curó y le dijo que se tranquilice, que todo iba a salir bien.
Alrededor
de las cinco de la tarde recibió un llamado de Felipe diciéndole:
—
Junté veinticinco mil dólares y en las cajas de los bancos de donde Pedro tiene
sus cajas de seguridad hay treintaicinco mil dólares y veinticinco mil euros.
—
Gracias, hijo pero tenemos un problema— dijo Samuel.
—
¿Qué problema?
—
Es que no sabemos las claves.
—
No, importa podemos ir y pedírselas a Alejandra, su secretaria.
—
Está bien, te espero en media hora en la oficina de Pedro.
—
Bueno, dale.
Cinco
y media de la tarde, llegaron y entraron.
—
Hola buen día Alejandra, ¿cómo estás? —
—
Bien, ¿qué los trae por aquí? — dijo ella.
—
Mirá, ¿viste que Pedro está secuestrado?, bueno necesitamos las claves de sus
cuentas, para poder sacar el dinero, para pagar el rescate.
—
Bueno, acá las tienen, manténgame informada, cualquier cosa me avisan.
—
Muchas gracias y te vamos a mantener al tanto.
A
las ocho de la noche me trajeron un vaso de agua y me dijeron:
—
Andá a bañarte, que después tenemos que hablar—
—
Bueno, está bien— respondí.
Me
bañé en diez minutos y me cambié. Más tarde vino Mario y me dijo:
—
Mirá, ahora voy a llamar a tu papá para preguntarle si consiguió.
—
Está bien— respondí.
Él
lo llamo y le dijo:
—
¿Juntó la plata?, porque mire que le quedan tres horas.
—
Estoy en eso recién junte sesenta mil dólares y veinticinco mil euros, no se
preocupe que los voy a juntar.
—
Muy bien.
A
las nueve Samuel fue con su hija a sacar la plata del banco y después le dijo:
—
Tengo guardado treinta mil dólares y veinte mil euros.
—
Gracias hija por ayudarme.
Ellos
sacaron toda la plata y se fueron a su casa para contarla. Eran noventa mil
dólares y cuarenta y cinco mil euros. Entonces el papá agarró, fue a la caja
fuerte y encontró diez mil dólares y dieciocho mil euros.
A
las diez de la noche recibió un llamado preguntándole si había juntado la
plata, respondió que sí y después fue a depositarlo a los bancos.
A
las once y media me trajeron un bolso que tenía un arma, y había una nota que
decía:
SABEMOS QUE VOS TE QUERÍAS MATAR, SI
TANTO LO DESEASTE MATÁTE Y NO NOS
JODAS MÁS.
¡MATÁTE!
Yo agarré el arma, la guardé en el bolso y la
tiré atrás de un mueble.
Capítulo
9
17 de
agosto de 1976
Samuel hace una semana que no recibe noticias
de su hijo, está desesperado y no puede comunicarse por que no sabe nada de su
paradero.
Me levantaron temprano y Manuel me dijo:
—
Y qué te pareció no poder hablar con tu papá toda la semana.
Me
quedé callado, no le dije nada, porque de la bronca que tenía en vez de
contestarle bien lo iba insultar. Después me dijo:
—
Vamos a hablar con tu papá.
—
¿Para qué lo vas a llamar?, seguro que para pedirle más plata ¿NO? ¿O me equivoco?
— contesté con bronca.
—
No me hables así, te ganaste que le pida a tu papá más plata.
No
le dije nada, él llamó a mi papá y le dijo:
—
¡Samuel tanto tiempo!, ¿Cómo está?
—
¿Como está mi hijo?, dame una señal de que está con vida.
—
Está bien, mirá vas a tener hasta las cuatro de la tarde para juntar sesenta
mil dólares y lo vas a dejar en Plaza Francia, atrás del monumento.
— Pero no puedo juntar esa plata en tan
poco tiempo, dame más tiempo.
— Si no la juntas a tu hijo le vamos a
romper la cara, hasta luego.
Entró a las cuentas que tenía la
empresa de su hijo en Estados Unidos y vio que tenía treinta mil dólares en una
cuenta y en otra un millón y medio de dólares.
A las doce del mediodía llegó al banco
y sacó treinta mil dólares.
Llegando a la casa de su papá a
Florencia, su hija, fue asaltada y le robaron quince mil dólares. Le pegaron en
la cabeza, provocándole un corte profundo. Cuando entró a la casa de su papá,
él le dijo asustado:
— ¿Qué paso hija?
— Me asaltaron y me robaron la plata
que te iba a prestar— dijo temblando y llorando.
— Vamos al hospital para que te curen.
En el trayecto, ella entró en llanto y balbuceó:
— ¡¡¡Por mi culpa lo van a matar a mi
hermano!!!
—No digas eso, no le va a pasar nada
porque Felipe me consiguió veinte mil, tengo otros veinte mil y ya está,
completamos todo.
Al llegar, les dijeron que tenían
esperar porque había mucha gente, él se desesperó porque su hija se estaba
desangrando y necesitaba que la atiendan rápido. Veinticinco minutos después la
atendieron, le cocieron la cabeza y la tomaron la denuncia
Tres de la tarde. Mario vino, me trajo
un plato de sopa, me trajo tres tapas de diarios y tres noticias de los
diarios. El Clarín en su tapa decía “A
un mes del secuestro del empresario Pedro Bequen”. Después leí la noticia que
contaba todo sobre mi secuestro. En cambio el diario La Nación titulaba en su tapa: “A un mes de la muerte del
empresario Pedro Bequen”. En la nota había fotos que mostraban mi cara toda
desfigurada. Por último, en el diario Popular:
“Samuel Bequen, padre del empresario Pedro Bequen, está pagando para que
liberen a su hijo”. Al leer estas notas me dio bronca porque no podía creer que
me den por muerto y que se haya filtrado toda esa información.
Samuel, al enterarse de que habían
publicado esas noticias, se puso mal y llamó a los diarios para preguntarles cómo
podían haber dicho esas barbaridades y cómo se filtró toda esa información.
Tres y cincuenta y cinco. Samuel llegó
a la plaza, dejó el dinero y esperó un rato para ver quién era el que recogía
el dinero. Vio que era un hombre de
cuarenta cincuenta, al verlo subir a una camioneta agarró su auto y lo siguió.
Observó que entraban en una calle sin salida del barrio de Retiro. Trató de ver
donde se habían metido pero no los encontró.
Once de la noche. Juan me trajo dos medialunas
de jamón y queso con una gaseosa y me dijo:
—Mirá tu papá cree que nosotros estamos
haciendo esto porque queremos.
— ¿Por qué lo decís?
— Porque tu papá cuando fue a dejar el
dinero se quedó y nos siguió. Por eso vas a sufrir un castigo muy duro y él va
tener que pagar un millón quinientos reales, lo va a tener que pagar en doce
horas.
— No puede ser, se habrán equivocado
porque él no puede haber hecho eso, se equivocaron, era otra persona. No les
tengo miedo, aparte ustedes no pueden pedir mucho dinero.
— ¿Nos estás tomando por estúpidos? Ahora
voy a llamar a Manuel, Luis y Mario para ver cuál es tu castigo.
No le dije nada.
Más tarde vinieron, me llevaron hasta
el baño y me tiraron en la bañadera que estaba llena de cucarachas y tenía agua
con hielo. Me resistí, pero ellos agarraron, me pegaron con un látigo en la
espalda, después tiraron una botella de alcohol etílico en la bañadera y me
tiraron adentro. Grite del dolor y el ardor.
Capítulo
10
18 de agosto
de 1976
Ocho de la mañana. Samuel recibió un
llamado de Juan diciéndole:
— Mirá pelado, por seguirnos ayer, a tu
hijo le dimos un castigo muy duro, esa fue una de las consecuencia, pero la
segunda es peor porque vas a tener que pagar un millón quinientos de reales en
doce. Si no cumplís a tu hijo le vamos a quebrar una pierna y le vamos a sacar
otro dedo.
— No hice nada, ayer fui deje el dinero
y me fui. ¿Cómo voy a pagar esa suma de dinero?
— Pelado de mierda te parecés a tu hijo
que nos toma de estúpidos. Me juntás al dinero o ya sabés que le va a pasar a
tu hijo.
Ahí le cortaron. Él se puso como loco y
fue al banco a sacar de la cuenta de su hijo un millón docientos treinta y uno
reales.
Diez de la mañana. Me trajeron un vaso
de agua y Luis me dijo:
— ¿Cómo la pasaste anoche? ¿Pudiste
dormir? seguro que no.
— Sí pude dormir, pero me costó mucho.
— Bueno ahora vamos a hablar con tu
padre.
Lo llamó y le dijo:
— ¿Ya tiene la plata?
— Me falta poco, es mucho dinero.
— Cuando lo juntes lo vas a depositar
en la cuenta del Banco Piano.
Una de la tarde. Samuel salió de su
casa y fue hasta el lugar donde había visto por última vez a los tipos. Al
llegar vio que había una señora en la puerta de una casa y le preguntó:
— Señora, buenos días, a mi hijo lo
secuestraron, seguro que usted leyó los diarios y sabe de quién estoy hablando.
Le voy a ser una pregunta.
— Buen día señor usted seguro que es el
padre de Pedro Bequen, sí, dígame.
— ¿Usted vio a un Peugeot 404 por acá? ¿Vio a un hombre de cuarenta cincuenta
años? ¿Sabe dónde vive esa persona?
— El auto si lo vi, sé dónde vive, pero
no le puede decir nada.
— Estoy dispuesto a darle un
departamento para que usted me diga donde vive.
— Está bien pero nadie se puede
enterar, él vive en la sexta casa del frente.
— Gracias señora, mañana mismo le
traigo la llave.
Se fue a la casa, llamó a un amigo que
era detective y le contó todo. Impactado el amigo dijo que ya mismo saldría
para allá.
Cinco de la tarde. Samuel llegó con el
detective al lugar, tocaron la puerta, salió el hombre y les dijo:
— ¿Qué quieren?
— Queremos hablar sobre un tema.
— ¿Qué tema? Hablen rápido que tengo
que irme.
— Mirá ya sabemos a dónde te tenés que
ir— dijo el detective.
— A ver, decíme para qué vienen.
— Venimos para llevarte preso por el
secuestro del empresario Pedro Bequen— dijo el detective.
En ese momento sacó un cuchillo, nos
amenazó y se escapó. Pero lo que él no sabía era que la manzana estaba rodeada,
lo agarraron y se lo llevaron para la comisaría.
Seis de la tarde. El detective le
preguntó sobre el secuestro y le dijo:
— ¿Dónde lo tienen?
— No te lo voy a decir.
— Hablá, podes ir preso.
— No me importa, prefiero ir preso ante
que hablar.
— ¡¡¡Hablá carajo!!!— grito el
detective.
— Si no quiero ¿qué va a pasar?
— La vas a pasar peor en la cárcel
porque te van a torturar, hasta te van a matar, sabemos que vos tenés una hija
y las vas a dejar huérfana por una pelotudez.
— No me importa.
— ¿¡No te importa!? Ahora te voy a
pegar para que hables— dijo el detective pegándole una cachetada.
Siete de la tarde. Samuel llamó a Felipe
y le dijo:
— Andá a la casa y buscá la plata.
Tengo que pagar un millón quinientos reales, pero solo tengo un millón docientos
treinta y uno, me podés prestar docientos sesenta y nueve mil.
— Sí papá, yo me encargo de todo, ¿dónde
lo dejo?
— Depositálo en el Banco Piano.
Ocho de la noche. El tipo dijo la
dirección de donde lo tenían secuestrado. Entonces el detective lo dejó
detenido en la comisaría.
Más tarde llegaron a la casa y se
pusieron a hablar de cómo iba a ser el rescate, le dijo:
— Mirá, mañana mismo llamo a Interpol y le paso la dirección para que
vayan. Vos mañana mismo te vas a Francia. No vas a pagar más nada.
— Muchas gracias detective solo le voy
a pedir un favor.
— Sí, decíme.
— Cuando salíamos de la casa del
sujeto, de la mano de enfrente había una señora sentada en la puerta de una
casa.
— Sí ¿qué pasó?
— Le prometí un departamento por la
información, ¿usted le puede llevar este sobre con la llave y la dirección?
— Si, mañana mismo se lo doy.
— Gracias por todo.
Capítulo
11
19 de
agosto de 1976
Nueve de la mañana. Me levanté y escuché
que Mario le decía a Manuel:
— Mirá la plata está en la cuenta, es
raro porque Horacio la tenía que sacar.
— Qué raro, ayer no recibimos ningún
llamado de él, ¿le habrá pasado algo?
— No sé, llámalo a ver que le paso.
Manuel lo llamó, pero nadie le
contestaba:
— No contesta.
— ¿Estará muerto? Es muy raro.
— No, ¿cómo va estar muerto si él es un
hombre fuerte?
Después vinieron y me dijeron:
— Nos vamos a Barcelona- España.
— ¿Por qué?
— ¿Qué te importa? te callás y venís
con nosotros.
Me dieron mi bolso, me llevaron a un
auto y de ahí nos fuimos.
Diez de la mañana. Samuel aterrizó en Paris, al llegar se reunió con un agente
de la policía del lugar y le contó todo.
Doce del mediodía. Llegamos a la
frontera entre España y Francia y
nos detiene la policía diciéndonos:
— Apellidos, nombres y nacionalidad.
— Bequen Pedro, argentino.
Me llevaron a una oficina y me dijeron:
— Quédate tranquilo que sos libre, a
esos dos lo vamos a llevar presos.
— Gracias.
Después me trajeron un plato de comida
con una bebida y me llevaron al hospital para curarme todas las heridas.
Tres de la tarde. Nos trasladaron a Paris. El fiscal de turno extradito a Mario
Peralta, Manuel Peralta, Juan De La Fuente y Luis Tacuara, para que cumplan su
condena en Argentina.
Cinco de la tarde. Pedro se encontró
con su padre, se abrazaron y hablaron mucho.
Capítulo
12
29 de agosto
de 1976
LA SENTENCIA
Diez
de la mañana. Llegué a los tribunales con mi abogado, mi padre y mis hermanos. Entré
por la puerta de atrás en un auto color negro, había muchos periodistas porque
el juicio se iba a transmitir por todo los canales de aire y algunos de cable.
Estaba
muy nervioso, mi hermana me dijo:
— Tranquilo que todo va a salir bien,
vas a ver que esos HIJOS
DE PUTA van estar presos y se
van a pudrir hay adentro.
— Sí, ya lo sé.
Once
de la mañana. Comenzó el juicio, al verle la cara a esas basuras me dieron ganas
de pegarles, pero me controlé. Al escuchar los relatos de cada uno me daba
bronca porque mentían, no decían nada de lo que había pasado.
Relato
resumido de Mario Peralta.
Hola
mi nombre es Mario Peralta.
Estoy
aquí para decir que todo lo que este descarado está diciendo es mentira, no lo
torturamos, no lo tocamos ni nada. Él hace esto para tener más fama.
Los
otros relatos los perdí, pero leyendo este se van a dar cuenta que los otros
iban a decir lo mismo.
Una de
la tarde. El juez nos pidió a todos que nos retiráramos de la sala y que
volviéramos a las tres de la tarde porque iban a decir la sentencia.
Nos
fuimos a comer con mi familia y mi abogado y volvimos.
Tres
de la tarde. Entramos y escuchamos la sentencia. El juez dijo:
— Sentencio a Mario Peralta y a Manuel
Peralta a Cincuenta años y dos meses de prisión por intento de homicidio
culposo agravado. Sentencio a Juan De la Fuente y a Luis Tacuara a veinticinco
años y un mes de prisión por intento de asesinato mediante comida en mal estado
y a Horacio Torres a cuarenta años de prisión por ser cómplice. También le van
a devolver todo el dinero que le pidieron.
Después nos fuimos a festejar.
Ojalá que se pudran y los maten en la
cárcel.
Mi estado físico.
Antes del secuestro, pesaba setenta y
cinco kilos, pero durante el secuestro perdí diez kilos, mi cara tenia
cortaduras en todos lados, en la mano derecha me faltan dos dedos y en la otra
por suerte no falta ninguno. Tengo muchísimos golpes en mi cuerpo, por esas
basuras que me torturaban. Pero yo sé que ellos van a sufrir lo mismo en la
cárcel.
Fin
Enzo Arrieta
